En La Promesa, el equilibrio de la finca vuelve a romperse cuando Leocadia decide pasar a la acción y ejecutar, sin titubeos, el plan que llevaba tiempo gestando en la sombra. Nadie sospecha que cada gesto, cada palabra y cada silencio formaban parte de una estrategia cuidadosamente calculada para acabar con el mayordomo, una de las figuras más influyentes y respetadas de la casa.
Desde el inicio del episodio, Leocadia se muestra inusualmente serena. Su actitud fría y controlada contrasta con el ambiente cargado de tensión que se respira en la finca. Mientras el mayordomo continúa desempeñando sus funciones con aparente normalidad, Leocadia observa, espera y mueve sus piezas con una precisión inquietante. Su objetivo está claro: debilitarlo, aislarlo y destruir su credibilidad desde dentro.
El plan comienza de forma sutil. Pequeños malentendidos, órdenes contradictorias y rumores cuidadosamente filtrados empiezan a rodear al mayordomo. Lo que al principio parecen simples errores administrativos pronto se convierten en acusaciones veladas que ponen en duda su lealtad y su capacidad. Algunos miembros del servicio comienzan a mirarlo con desconfianza, sin saber que están cayendo en la trampa perfecta.
Leocadia no actúa sola. Sabe exactamente a quién manipular y cómo hacerlo. Utiliza medias verdades, recuerdos del pasado y viejas rencillas para sembrar la discordia. Cada conversación está pensada para provocar sospechas, cada insinuación tiene un propósito. El mayordomo, acostumbrado a tener el control, empieza a notar que algo se le escapa de las manos.
La situación se complica cuando ciertos documentos desaparecen misteriosamente y decisiones importantes recaen sobre él. Leocadia se asegura de que todas las miradas apunten en una sola dirección. La presión aumenta y el mayordomo se ve obligado a defenderse sin comprender del todo de dónde provienen los ataques. Su autoridad, antes incuestionable, comienza a resquebrajarse.
En paralelo, otros personajes de La Promesa perciben que algo no encaja. Algunos intentan advertir al mayordomo, pero ya es tarde. Leocadia ha previsto incluso esas posibles interferencias. Su plan maestro contempla cada variable, cada reacción emocional y cada intento de resistencia. Nada queda al azar.
El punto de inflexión llega durante una situación crítica en la finca, cuando surge un conflicto que exige una respuesta inmediata. Leocadia aprovecha el caos para dar el golpe definitivo. Frente a todos, expone una versión de los hechos que deja al mayordomo en una posición imposible. Sus palabras son firmes, calculadas y devastadoras.
El mayordomo intenta defenderse, explicar su versión y apelar a su trayectoria intachable, pero las dudas ya se han instalado. Las pruebas, manipuladas con astucia, parecen señalarlo como responsable de errores graves. El silencio que se apodera de la sala es el reflejo de una caída anunciada.
Leocadia observa la escena con una calma perturbadora. Para ella, este no es un momento impulsivo, sino el resultado de semanas —o incluso meses— de preparación. Su victoria no es ruidosa, pero sí contundente. Ha logrado exactamente lo que quería: dejar al mayordomo solo, cuestionado y sin apoyo.

Las consecuencias no tardan en manifestarse. La estructura interna de la finca se tambalea, las lealtades se redefinen y antiguos aliados comienzan a distanciarse del mayordomo por miedo a quedar salpicados. La sensación de traición es profunda, especialmente al descubrir que Leocadia fue la mente detrás de todo.
Sin embargo, el episodio deja una pregunta en el aire: ¿ha ganado realmente Leocadia o ha despertado a un enemigo peligroso? Porque, aunque debilitado, el mayordomo no está completamente derrotado. En su mirada se percibe una mezcla de dolor y determinación que anticipa posibles represalias.
El cierre del capítulo es tan inquietante como revelador. Leocadia, sola, confirma que su plan ha funcionado… pero también es consciente de que en La Promesa nada queda impune. Los secretos siempre salen a la luz y las victorias suelen tener un precio elevado.
En La Promesa, la inteligencia puede ser más letal que la fuerza, y Leocadia acaba de demostrarlo.