En La Promesa, el capítulo 766 marca un antes y un después imposible de revertir. La tensión acumulada durante semanas estalla cuando Rivero decide confesarle a Manuel la verdad más peligrosa de todas: ha estado trabajando en secreto para Leocadia. Una revelación que no solo sacude al joven, sino que amenaza con derrumbar por completo el frágil equilibrio del palacio.
Todo comienza con un encuentro aparentemente casual. Manuel, aún debilitado pero con la mente más clara que nunca, nota que Rivero evita su mirada. No es la primera vez. Desde hace días, el comportamiento del hombre es errático, nervioso, como si cargara con un peso imposible de sostener. Manuel lo sabe: cuando alguien en La Promesa calla demasiado, es porque esconde algo mortal.
El ambiente es tenso, casi irrespirable. Rivero intenta marcharse, pero Manuel lo detiene. No hay gritos ni amenazas, solo una pregunta directa, firme, que lo deja sin escapatoria. Rivero se quiebra. Por primera vez, la máscara cae. Sus manos tiemblan, su voz se rompe. Y entonces lo dice.
Trabaja para Leocadia.
La confesión cae como un rayo. Manuel se queda inmóvil, incapaz de reaccionar. Todas las piezas encajan de golpe: los documentos desaparecidos, las decisiones inexplicables, las desgracias que parecían simples casualidades. Nada fue al azar. Todo respondía a una estrategia fría y calculada orquestada desde las sombras.
Rivero explica que al principio fue una orden disfrazada de favor. Leocadia sabía demasiado sobre su pasado, demasiado como para permitirle negarse. Lo obligó a vigilar, a informar, a manipular pequeñas situaciones que, con el tiempo, se convirtieron en tragedias mayores. Cada paso lo hundía más en una red de la que no podía escapar.
Manuel escucha en silencio, pero su mirada arde de rabia contenida. Saber que Leocadia ha controlado la finca a través de Rivero lo llena de impotencia. No solo traicionaron su confianza, sino que jugaron con vidas humanas. Con sueños. Con destinos.
Rivero confiesa que Leocadia quería poder absoluto. No buscaba solo información, sino dominio total: saber quién entraba, quién salía, quién debía caer y quién debía ser protegido. Y él fue su instrumento perfecto, invisible, obediente… hasta ahora.
El momento más devastador llega cuando Rivero admite que muchas decisiones que afectaron directamente a Manuel fueron tomadas por orden de Leocadia. Cada obstáculo, cada caída, cada retraso en la verdad fue cuidadosamente diseñado para mantenerlo controlado.
Manuel estalla. No con violencia, sino con palabras que hieren más que cualquier golpe. Lo acusa de cobardía, de complicidad, de haber vendido su alma por miedo. Rivero no se defiende. Sabe que no hay justificación posible. Solo le queda una cosa: contar toda la verdad.
Y lo hace.
Revela que Leocadia planea un movimiento final. Un golpe definitivo que le permitirá consolidar su poder y silenciar a cualquiera que pueda delatarla. El tiempo corre. La confesión llega justo antes de que sea demasiado tarde.

Mientras tanto, Leocadia, ajena —o quizás no tanto— a la traición de su informante, sigue moviéndose con seguridad por el palacio. Su calma es inquietante. Como si supiera que incluso cuando la verdad sale a la luz, siempre hay una forma de retorcerla a su favor.
Manuel comprende que enfrentarse a Leocadia no será fácil. Ella no deja cabos sueltos. Si Rivero ha hablado, su vida corre peligro. Y también la suya. Porque en La Promesa, quien conoce la verdad se convierte automáticamente en objetivo.
El capítulo avanza entre miradas cargadas de amenaza, conversaciones a media voz y decisiones desesperadas. Manuel debe elegir: denunciar a Leocadia públicamente y provocar un escándalo sin precedentes, o jugar su propio juego y usar la confesión de Rivero como arma estratégica.
Rivero, consciente de que su destino está sellado, pide una sola cosa: protección. Sabe que Leocadia no perdona a los traidores. Su miedo es real, palpable. Y Manuel entiende que mantenerlo con vida puede ser la clave para derribar a su enemiga.
Las últimas escenas están cargadas de tensión pura. Manuel observa el palacio con otros ojos. Ya no es su hogar, sino un campo de batalla. Cada pasillo es una amenaza, cada rostro puede ocultar una lealtad peligrosa.
El avance del capítulo 766 se cierra con una advertencia clara: la confesión de Rivero no es el final, sino el comienzo de una guerra abierta contra Leocadia. Una guerra donde nadie saldrá ileso y donde la verdad, por fin revelada, exigirá un precio altísimo.
La Promesa entra así en su fase más oscura y adictiva, con traiciones expuestas, alianzas rotas y un secreto que, una vez pronunciado, ya no puede ser enterrado.